Year One, 96.
Paris, France.
Tuesday, September 13, 2011.
1:05 am.
Mi Innita había regresado feliz de aquella entrevista en vivo en “Moulin Rugit" , una pequeña e independiente radio estación Parisina de rock y actualidad. Oí el tintinear rápido de sus llaves dejadas en la cocina y aquel tipo de agitación que ya me era muy familiar, esa risa de burbujas que nunca había dejado atrás después de su infancia. Ahora era en un tono algo más ronco y aterciopelado, pero sin importar el timbre, la frescura de su felicidad explosiva segundos antes de estallar seguía intacta, tal cual estaba registrada en aquellos videos de sus primeros años de secundaria que a los pocos días que empezaráraos a salir me mostró. Mi Innita subió las escaleras para buscarme en la tina, seguramente olisqueó desde el pasillo, o incluso desde el ascensor, el olor algo recargado del vapor de hierbas aromáticas que era imposible no escapara desde nuestro duplex. Minutos atrás había terminado de tomarme un relajante y largo baño caliente en la tina, en una tosca pero divertida imitación de sauna aromático, y ahora me hallaba probándome el nuevo intento de perfume, áun en sus primeras pruebas, que llevaría su nombre, “Innita”, preparándonos de antemano a su rol de diva del rock, justamente dentro de los parámetros que su obra en progreso, "20/20", manifestaba en algunas de sus canciones con sarcasmo. No importaba, era un juego. Llegar a París era como si hubiéramos llegado a las Vegas: Intimidad atrevida entre las dos, pero fuera de esa cápsula, todo era juego y apuestas. Pero habíamos aceptado jugarlo: ya estábamos contagiados de la vanidad descarada que pulula en las adoquinadas calles de París, y no nos importaba. A pesar del pesado legado del sinsabor de algunos apartes de nuestras vidas antes de encontrarnos, éramos felices. No nos habíamos casado, estábamos lejos incluso de pensar en comprometernos, pero desde que llegamos al suelo galo, meses atrás, vivíamos una inusual e inoficial luna de miel. Cuando Innita entró en la habitación se lanzó contra mí, cayendo ambas en la cama con largos besos, innecesarios de palabras, por 40 minutos. O quizás fue una hora. Después de besarnos, ahondamos ya desnudas en nuestras suaves pero felinas caricias íntimas, lo que nos llevó casi otra hora más, para finalmente derrocar con su relato el imperante y agradable silencio cómodo de la habitación. Me contó de la radio-entrevista con el mismo ímpetu y detalle que me contó cuando compró su primera guitarra eléctrica. Una emoción sin esquinas ni dobleces, pura y directa. Había algo auténtico en el interés desatado durante su cita en la pequeña emisora independiente, interés que incluso no había producido en Innita el entusiasmo de haber salido en la portada de la respetadísima Rocking Stone. Obviamente la publicación empezaría a abrirle más puertas, más oyentes y más ciudades para cuando realizar su próxima gira, y el artículo de agosto había sido muy bien recibido por el numeroso y cosmopolita público internacional que lee la revista. Pero el interés que percibió en la emisora le había recordado lo que era sentir un eco auténtico de su música entre sus aficionados más entusiastas y genuinos. Las palabras de mi Innita decoradas con el brillo en sus pecas estrellas no podían hacer más sino transmitirme casi eléctricamente la fiebre de ese mismo júbilo. El júbilo por las cosas sencillas en un medio lleno de máscara sobre máscara. Esa energía fundía nuestras fibras más inocentes y primitivas, me desataba una dulce y salvaje euforia: mi parte mamífera quería mimarla y mi parte reptil quería seguir devorándola a besos, y mi deseo, generado por ella, se devolvía hacia ella de la misma manera reptil y mamífera. Yo, siendo bióloga, sólo podía traducir su testimonio a mi propia cotidianidad con el entusiasmo del paso a paso que había vivido con mis pruebas partenogenéticas y que ahora vivía con mis nuevos experimentos. Y sí, somos conscientes de ser una pareja que aparentemente no encajaría. Ciencia y arte, agua y aceite. Quién lo creyera. Ya 2 años juntas y nuestro beso más reciente tenía el mismo encanto de nuestro primer beso.
No para Innita.
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